Corría el año 2002 cuando un joven brasileño comenzaba a reclamar la atención del mundo del fútbol a escala internacional. Para el mundial de aquel año, la canarinha contaba con uno de los mejores conjuntos de su historia, liderados por un Rivaldo que comenzaba la cuesta abajo de su carrera pero era una amenaza silenciosa, un Ronaldo luchando contra el destino -y su rodilla- por volver al sitio que le correspondía como delantero más mortífero desde la dimisión de Romario de los terrenos de juego, y un joven llamado Ronaldo de Assis, un tal Ronaldinho. Este último era célebre, en aquellos tiempos de Kazaa para descargar videos de goles, por su habilidad para el regate, su electrizante velocidad, su don para el futbol ofensivo. Y pese a una más que importante actuación en aquella Copa del Mundo, ninguno de los llamados grandes del mundo corrió a por él, pese a saber que Ronaldo era una incógnita y Rivaldo una certeza desgastada. Tuvo que pasar un año entero para que el verano siguiente uno de esos llamados "grandes" llamara a su puerta, siendo utilizado en cierto modo como cortina de humo para tapar la promesa electoral laportiana de David Beckham. La primera imagen, con ese gesto surfero tan suyo, nos mostraba a un jugador alegre, pero un jugador incógnita. Si fuera tan bueno hubiera costado más, decían algunos, quizá acostumbrados a las cifras estratosféricas de los fichajes florentinianos.
La incognita comenzaba a despejarse en la primera jornada de liga cuando una jugada de esas de Kazaa terminaba en un soberbio gol al Sevilla en un partido a medianoche. Con nocturnidad, alevosía y un descaro increible, el tal Dinho mostraba a la liga española el primero de sus trucos de magia. Pero tal magia no comenzó a despuntar hasta un par de retoques después en su equipo, la incorporación de un todoterreno como Davids y el asentamiento del propio Dinho. Aquel año el Barcelona no lograría ningún título, pero gano más respeto de los rivales que en los cuatro años anteriores, y todo ello de la mano de un Ronaldinho que le aportaba algo diferente, una velocidad más, una permanente vía de escape y de peligro. Con varios fichajes claves y la batuta (y el florete) de R10, al que Nike ya había situado en el escalón más alto, llegaron los días de vino y rosas a la entidad culé. Un juego espectacular, una pegada demoledora y un jugador lanzado al Balón de Oro. Y más allá, al corazón de los suyos y a los ojos de los rivales, testigos de una superioridad física y técnica sin parangón en el mundo del balompié. Con el reinado galáctico en declive -casi en ruinas- Dinho guió al Barça a la Copa de Europa y a sus dos últimas ligas hasta el momento de una manera impecable: con espectáculo en la competición doméstica, con trabajo en la Champions League.
Los tiempos ya habían cambiado: se había pasado de la preciosista ruleta de Zidane a la electrizante elástica de R10, de la era de Kazaa a Youtube. Pero el monstruo creció tanto que pronto se haría ingobernable, sin llegar muestras de ello hasta un día de Dici

embre en Tokio, donde el Barcelona observaba como un rival de inferior rango pero mayor tesón les birlaba la cartera. Y de similar modo a como se vacía una bañera, el poso de calidad fue desapareciendo por momentos, a la misma velocidad que los títulos. Y sus estrellas, con el propio R10 a la cabeza, no brillaban como centellas sino como lentejuelas en una boda a mediodia. El resto de la historia ya es conocida: rumores, lesiones, empates a tres, nuevos rumores, derrotas, más rumores, enfados de algunos compañeros, falta de forma. Dos títulos madridistas como guinda del pastel. Dos años sin títulos y crisis institucional, con el mismo paragolpes siempre, el otrora Astro Brasileño. El que empezó a cambiar la historia no una sino dos veces: primero imponiendo al Barça como equipo de referencia en el mundo. Después, como el perfecto ejemplo de cómo no gestionar el éxito tanto desde el plano institucional como del personal. El hombre que un día fue el rey de Youtube. Y por supuesto, del fútbol.
Se va a Milán un tipo que ha vivido demasiado con solo veintitantos años: el trabajo, el éxito, el exceso, la crítica y el fracaso. Parece que solo restan dos posibilidades. Una es el olvido. La otra, la resurrección.
Veremos.